Irene y Christian

 

      No siempre fui una rata de laboratorio vegetando en pos de sangre ajena. La culpa de todos mis problemas tuvo lugar cuando mi corazón se quebró.

      En un tiempo ya lejano, gozaba de una vida plena. Pero faltaba el gran recurso, que apareció en forma de embajador, él me hizo vampiresa. La inmortalidad para una mujer la dotaba de ventajas esenciales, ya no se tenía miedo a nuevas arrugas, ni cabellos canosos, ni problemas mortales. Siendo vampiresa, reconocí un destino evidente, en mi poder tenía el don de la juventud eterna que yo misma daría a los escogidos.             No todos eran acreedores de tal honor, tuve que viajar mucho por todo el mundo escogiendo a los candidatos de la inmortalidad. Cuando apareció el cinematógrafo y después la televisión, conseguir mi objetivo era más fácil, encontraba a las personas más hermosas por el aspecto y observándolas durante un tiempo, miraba sus primeros planos y cuando no tenía dudas escogía a los mejores. Les donaba la juventud eterna haciendo más atractivo al género de los vampiros.      

      Una vez, viendo una revista, en seguida lo vi. Como si me expusieran al sol en mis venas comenzó a hervir la sangre, él era todo en lo que pensaba, todo mi ser no paraba de girar como si fuese un remolino. Fue necesario hacer uso de todos mis sentidos para evitar que mi alma se escapase de mi cuerpo. Salí tras él, no sabía si lo encontraría pero buscaría por toda la tierra.

       Por fin lo encontré y no pudo evitar mi abrazo inmortal, pero no admitió ser uno de nosotros. ¡Odiaba a su benefactora! ¡Me maldecía! Recién convertidos se vuelven solitarios, impotentes a reaccionar, pero yo era una buena instructora y le amaba. Vivimos casi diez juntos, es poco tiempo para un vampiro, pero me dejo. Cada día era peor, no disfrutaba de su don, y cada vez era más frecuente oír salir de sus labios la palabra “asesina”, cuando se refería a mí.

       Una vez se hubo marchado, mi corazón se deshizo. La alegría había desaparecido… Fui hundiéndome, y caí en una depresión, eso es lo peor que podía ocurrirle a un vampiro. De la perdida de la fe en mí, a la locura del señor de un lugar donde hace llamarse “El Amo”. Me tiene aquí, en este laboratorio, bajo tierra, entre probetas extrayendo sangre a los humanos como si fuera su ordeñadora particular. Y sigo pensando en él, si estará vivo, si sobrevivirá sin mis consejos como vampiresa experimentada. Ha pasado mucho tiempo, y un vampiro novel no suele durar más de un año solo.

       Las lágrimas empañaban su visión, quedando solo su recuerdo…

 

 

        …No soy tan joven como parezco, también es verdad que no tan viejo como muchos pudieran pensar. Si estaría vivo, ahora tendría cuarenta años como poco. Un poco antes de mi muerte encontré una muchacha que transformo toda mi vida. Nos amábamos como locos, y gozábamos de felicidad sin pensar que deparaba el futuro. La transformación en vampiro se convirtió para mí en una catástrofe. Todo mi mundo conocido se derrumbó, tuve que renunciar a todos los lujos, y renunciar al amor. Vuestro país representaba para mí el borde de la Tierra, donde el mundo y ella estaban separados por una cortina de hierro, y parecía que encontrándome aquí no vería nunca todo lo querido, y no rompería la paz de ella. Pero los tiempos cambian y, por cuestiones del destino, casi veinte años después nos encontrábamos en San Petersburgo. Ella llego para admirar las bellezas de la Venecia del Norte y yo, me encontraba allí casualmente, vagabundeando en busca de alimento. Ella creyó haberse encontrado con mi hijo.

         Ella conoció la verdad de mis labios, y me acepto como era. Al principio fue bastante complicado, pero felices a nuestra manera. Volvimos a Europa y resucitamos el pasado. Pero apareció la maldita piedra, la culpable, la que atrae las desgracias. Mi querida amaba los adornos y joyas antiguas, y una vez entrando en una tienda de antigüedades, vi una bagatela extraordinaria, que sorprendía por su vetustez. Los vampiros a través de nuestra piel sentimos la verdadera edad de las cosas. Y la intuición me indicaba que aquel pinjante guardaba los misterios de los milenios. El regalo era digno para mi amada.

         Aquella tarde fuimos al teatro, el pinjante antiguo centelleaba sobre su vestido de noche. La mirada de un desconocido me quemo como si fuera fuego, pero no comprendía que el destino de mi querida estaba decidido ya de antemano. Nos separamos al amanecer, y ella olvido la piedra en mi habitación. Al salir la noche de nuevo, observe alguien que irrumpía en la casa y mataba a todos los que encontraba en su camino. Orcus, buscaba aquel trozo de cristal.

        Las lágrimas empañaban su visión, quedando solo su recuerdo…

 

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© 2017 Editado por Rubén García.

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