El nacimiento de la Muñeca

—¡¿Por qué no a mí? ¿Por qué?!

El pequeño féretro sobre la ancha mesa, como un iceberg oscuro, se elevaba en medio de la habitación. Las velas que se habían adormecido en su caminar, apenas iluminaban el espacioso local, las paredes escondían baldas de buena calidad esculpidas en roble. Sobre esos estantes estaban las muñecas. Multitud de señoritas en vestidos de encajes adornados, con los bucles rizados y las mejillas rozagantes miraban el pequeño ataúd. En sus ojos de cristal revivían las lenguas de fuego minúsculas, de las velas, que lloraban su desgracia. La mujer de cabello castaño claro, arropándose en un chal oscuro, susurraba de forma incoherente y continuada una súplica. A veces su voz se elevaba antes del grito:

—¿Por qué? Pequeña, frágil, pura, y ahora se ha escapado del cautiverio del sol… ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Vivía en pecado, por qué ella si era una santa creación inocente?

En el ataúd estaba el cuerpecito infantil. El rostro de la niña estaba escondido por un pañuelo, de debajo de él intentaba salir un mechón de cabellos tiernos, parecidos a la luz solar que se había helado. En la oscuridad no dependiente de las pequeñas plumas de la llama, estaba actuando una silenciosa figura con la vestimenta negra:

—No afirmes con esa alegría que morirías en vez de ella, Elizabeth. Aunque la muerte de uno resucita raramente a otro, aunque siempre se puede encontrar el modo sutil de poner todo en su lugar…

—Hablas de forma muy extraña, —la mujer había levantado los ojos que radiaban de las lágrimas no derramadas, — tú no eres la monja. La monja me prometió a mí la beatitud de mi pequeña allí...

—¿Quién creé en eso ahora? Estamos en el siglo decimonoveno, el siglo de la tecnología y la ciencia. La Edad Media ha sido reducida a cenizas y sus creencias convertidas en cachivaches.

—¡Tú no eres la monja! No me engañarás. En tu rostro no hay dulzura, en tus ojos arde el fuego indómito y la palabra la cambias por mentira. ¡Tú no sirves a Dios!

—Todos nosotros servimos a alguien, depende de las inclinaciones de nuestras preferencias escogemos al señor.

—¡Lucifer! ¡No profanes con tu presencia está casa! Detrás de mi alma está la muchacha que llegará a estar con los ángeles.

—La llevarán a los cielos... O puede ser, que se pudra simplemente en la tierra, donde su corazón será devorado y así, culmine está tierna novela…

—¡Lucifer, satanás!

—Sí, Elizabeth, tu fe es inquebrantable. Me lavo las manos. Por un precio menor muchos van al cielo. Claro que eso es bueno, reza por su alma pues nada más puedes hacer tú por ella o mejor dicho no lo deseas.

La falsa monja había retrocedido en la sombra, preparada a disolverse en ella para siempre. A Elizabeth le parecía que las muñecas sobre las baldas se habían movido, como con reproche balanceaban la cabeza de porcelana y estrechaban los hombros apretados contra el vestido.

—Te escucharé... Quien quiera que seas, no haré un gran pecado con solo escucharte. Pero toma en consideración que solamente te escucharé, nada más. Y después... después cada uno por su camino.

—Puedes devolver a tu hija a la vida o puedes resignarte, sin osar ir contra la ley de Dios. En el paraíso hay muchos pequeños... con su cabeza todavía infantil, con la nuez partida bajo la rueda del carruaje del olvido. Los ojos con el color del no olvides a los caídos en la calzada polvorienta… Cada uno diferente y todos iguales.

—¿Y el diablo tomará mi alma?

—¿Eso te inquietaría si fuera así, Elizabeth?

—No... ¿Me juras que viviendo mi chiquitina, la pobre, no pagará por mis pecados?

—¡Que presunción! ¡Que palabras tan sonoras! ¡Necesitamos que haya "pecado", "almas vagando por la muerte"! El diablo, tanto como Dios, no tienen sobre tí ningún asunto pendiente, Elizabeth. ¿Por qué piensas que existen estos? Tú solamente eres una persona y tu razón puede crear los milagros. Hay unos conocimientos secretos que pasan de siglo en siglo. Hay una ciencia... Ella es la que gobierna el mundo. El infierno está tan vacío como lo están los cielos. Pero las personas deben ayudarse entre ellas. Esto es el humanismo y aquí está el objetivo de mi servicio. He oído sobre tu pena y me he dado prisa en llegar aquí. He venido pues sé cómo encolar el vaso roto.

—¿Qué debo hacer?

—Nada especial,— la mujer de negro la cogía por las manos, — es una verdadera futesa... Tus delirios sobre un acuerdo con el espíritu del mal son ridículos y arcaicos. Y, claro está, no tienes que matar, firmar con tu sangre un contrato, o adorar al diablo. Eso es un invento. Te ocuparas simplemente de hacer tu trabajo Elizabeth, y no te canses de desear lo que quieres con todas tus ganas. Pero ahora debemos darnos prisa, te explico, el amanecer esta próximo.

Un viajero solitario, en el tiempo de la noche, pasaba por la estrecha vereda probando la dureza de los guijarros en la callecilla, y miraba a la ventana de una casa vieja recientemente blanqueada, él veía dos figuras femeninas que se movían por la habitación. En ella, una mujer alta con la vestidura negra se había inclinado sobre la otra de cabello castaño claro, hablándole a continuación sobre algún asunto… Aquella con horror se había echado hacia atrás, y se había lanzado con las manos extendidas sobre un pequeño féretro que se levantaba en el centro de la habitación… De seguido la invitada de negro se dirigió hacia la puerta... La mujer de cabello castaño claro se había precipitado detrás de ella... De nuevo entre ellas había sido entablada la charla dejada. Silencioso, el observador ocioso veía que la conversación era acompañada con gesticulaciones rápidas... La persona de cabello castaño claro se había secado los ojos con una esquina del chal... la invitada Negra se acercó a la ventana y corrió el visillo, ahora el transeúnte tardío no podría seguir observando, a su pesar, que pasaba en la habitación …




 

El día consiguió pasar y, después de los funerales, Elizabeth ya había bajado al taller, se había vestido el traje de tallar, y limpiándose el polvo del barro se había puesto al trabajo. Jean Paul, mirando a su mujer y viéndola con tanta ociosidad, también se había puesto manos a la obra en forma de contagio.

Los esposos tenían un negocio provechoso, poseían un taller en el cual fabricaban muñecas de porcelana. Dios le había dado a Elizabeth un talento, y ella, siendo todavía una muchacha pequeña, había aprendido a transformar bolitas de arcilla en verdaderas personas humanas que solo estaban a falta de la vida, ademas dotaba a sus rostros con las formas de personas conocidas. Habiéndose casado con Jean Paul, cuyo género, ya por cuatro generaciones, poseía el secreto de la porcelana especialmente sólida y semidiáfana, Elizabeth encontró una ocupación próxima a su arte. Ahora esculpía en barro los modelos, y Jean Paul vertía en sus cabezas la porcelana. Las manos de Elizabeth eran muy hábiles, sus ojos eran precisos, y las muñecas creadas por ella doblegaban a cualquiera, aunque solo las vieran una vez. Recogía a "las niñas", como las llamaba ella, y antes del fatal día les ponía los vestidos cosido por dos laboreras hábiles que trabajaban en su taller.

Habiendo amasado la rígida arcilla, volviéndola voluble, Elizabeth se había puesto al modelado. Si Jean Paul era un poco perspicaz, él notaría cierta extrañeza en la conducta de su mujer. Trabajaba, pero sus radiantes ojos grises estaban en un estado hipnótico, y la mirada era fría e inmóvil. Al mismo tiempo los dedos hábiles de la mujer daban a la bola de la arcilla una línea, que daba que pensar, de persona infantil. Pero el marido de Elizabeth había vertido ya el agua en los polvos del yeso y tenía prisa, antes de que la solución se endureciera tenía que echarla en la cabeza con la forma ya creada. En tales minutos Jean Paul no miraba hacia ningún lado, su concentración era absoluta. De repente Elizabeth dijo:

—Ponte en camino, he acabado el modelo, recubre la forma con la masa. Jean Paul se había quedado asombrado, nunca antes su mujer había trabajado tan rápido. Y mientras tanto Elizabeth se había acercado a la estantería y se puso a escoger entre las cajas de ojos de cristal, buscando el par conveniente. Pero la búsqueda no la satisfizo y, sin decir nada al marido, la mujer en ese mismo instante salía rápidamente del taller. Había vuelto, habiendo traído en una batista única y exclusiva un par que radiaban un azul celeste de cielo primaveral para los ojos de la muñeca.

—¿Dos piezas? ¿Por qué no has traído más? —Se había asombrado Jean Paul —. Como si no supieses que sale más barato. ¡Nos arruinaremos, si no compramos al por mayor, en poco tiempo! Además tenemos muchísimos acopios, podrías emplear algo de casa.

Elizabeth había puesto las manos en los hombros de su marido, culpable sonreía, y mirándole ella a los ojos:

—Jean Paul déjalo, por favor, haremos solamente una fundición primero. No estoy segura de que todo resulte bien, no sé si valdrá la pena.

—¡Eh, Elizabeth, Elizabeth! No creo posible ocuparse ahora de un trabajo así. ¡Una fundición para nada! ¿En qué piensas? No resultará... económico... —Él quería negarse pero de la mejilla de su mujer bajaba una solitaria lagrima ensuciada por el polvo blanco, y dándose cuenta, bajó la mano para recogerla y guardarla en su recuerdo —. No me llores amor. Haré todo tal y como quieres. Te lo prometo.

Jean Paul había cumplido su palabra. Solamente una vez llenó con la ceramica líquida la forma de yeso, y solamente una cabeza había salido de ella por entre las capas blancas. Había pasado mucho tiempo, la fundición ya se había secado y se convertía en útil para la cocción. Y allí, al final, junto con otros productos la pusieron en el horno, y el maestro encendió el fuego. Después el horno tendría que enfriarse... Todo ese tiempo le parecía interminable a Elizabeth, estaba como alma en pena. Por la noche Elizabeth no dormía y, haciéndose el dormido, Jean Paul oía su bisbiseo silencioso. Pero él, solo con su dolor apretaba los puños, no podía permitirse pensar en la desgracia que se había concebido. El mayor tormento que temía Jean Paul, era que la piedad los despreciara y quedaran amarrados en el tremedal de la desesperación.

Elizabeth sabía que el horno se había enfriado ya y, como bien conocía, el marido no lo vaciaría hasta la mañana del día siguiente. Jean Paul era lento y prefería mejor tardar un poco, que tener prisa. Y aunque ningún alma paraba en ese momento en casa, y nadie podía impedírselo, Elizabeth se dirigió a escondidas como si hiciera algo no permitido, pasando de puntillas, al taller. Habiendo desmontado con exactitud la pila de los acopios, que estaban en el horno, encontraba aquella única pieza en la que había pensado todo ese tiempo. Elizabeth con la mirada ávida, revisaba en busca de errores, examinando la cabeza, ni uno solo, ni un defecto había sobre esa superficie irreprochable. La alegría había iluminado el corazón de la mujer. Pero aquí de nuevo el rostro se había fruncido habiéndose acordado de algo. Conteniendo la respiración ella colocaba los oídos en alerta, tratando de captar cada susurro que se produjera en el taller pero en la casa reinaba el silencio. Habiéndose persuadido que no había ni un alma cerca, tiraba de la mesa la forma desmontada de yeso. Aquella forma, que era hecha en una única fundición, tan cara para ella. Elizabeth se había sentado, examinaba los trozos que estaban en el suelo para asegurarse que los había roto en trozos más menudos, habiendo transformado la forma en un amasijo blanco de yeso inútil. Después destruía el modelo de barro.

Jean Paul se levanto a la hora de la comida. Habiendo acabado el refectorio, los esposos bajaron al taller, y entonces Elizabeth mostraba al marido como se había roto casualmente el molde, habiéndose puesto a rehacer la escultura destrozada que estaba cerca de ella.

—Sí… —Musitaba Jean Paul, examinando como volteaban en el suelo los trozos —. Esto no se puede rehacer. ¿La fundición no se abra agrietado por lo menos?

—Está todo en orden, voy a ocuparme justamente ahora de ella.

Desde el día de la muerte de su hija, la voz de Elizabeth nunca había sonado con tanta alegría y despreocupación.




 

Elizabeth había perdido de forma repentina todo el interés en el modelado y no bajaba al taller cerámico. Pasaba todo el tiempo en la sala, donde las paredes eran ocupadas por baldas con todas las muñecas. En ese local trabajaban habitualmente las dos costureras que fabricaban los patrones y la ropa de las muñecas, pero Elizabeth había dado descanso a las maestras mandándolas a sus casas, deseando trabajar en soledad.

La mesa, que hacía poco estaba en el centro, ocupaba un lugar no habitual en la ventana y su superficie se escondía bajo un montón de pedacitos multicolores, los pedazos de los encajes, los cordoncitos, los patrones, los manojos de hilos... Habiendo abierto la puerta con el pie, en la sala entraba Jean Paul y entre sus manos llevaba agarrada una caja de la que salían manos infantiles y rollizos pies. Elizabeth no se había vuelto con el ruido. Con destreza, manejando el gancho, fijaba sobre el delgado gorrito chiné casi imponderable todo el cabello, parecía que eran los rayos que se habían helado de la luz solar.

—¿Conozco esos cabellos? —Se había interesado Jean Paul —. Me parecen…

—Sí, no te equivocas. Son los cabellos de nuestra Camila. —Los ojos de la mujer eran un completo resplandor extraño, que los convertia al mismo tiempo en inocentes y astutos.

—¡Para eso cortabas los bucles! En mi opinión has obrado incorrectamente, Elizabeth.

—Es en memoria de nuestra pequeña.

¡Solamente después de las palabras de su mujer, Jean Paul parecía haber recuperado la vista, la cabeza que estaba encima de la mesa, la misma cabeza, sobre la que él recientemente trabajaba, era parecida a su hija muerta prematuramente! Solamente en ese momento él había reconocido en la carita de porcelana las líneas de su rostro.

—¡Pero! ¡Dios mío!... —Él se persignaba.

Jean Paul salía deprisa. Elizabeth, a salto de mata, se había acercado a la cómoda y sacaba de ella un estuche, una caja de un árbol negro con un grabado semiborrado por el tiempo. Las muñecas que se sentaban sobre las baldas habían comenzado a menear la cabeza aprobativamente como respuesta. La mujer puso el estuche sobre la mesa, miraba en su pequeño seno una forma diminuta y arrugada, colgando de ella sobre el cuello en vez de la cruz, una llave, la había vuelto en el ojo de cerradura. Elizabeth tomaba entre sus manos la cabeza de porcelana y quitaba con precaución su parte superior, que Jean Paul, como era habitual, había hecho desmontable. Así obraba siempre, teniendo la posibilidad de fijar los ojos de cristal dentro del acopio. Para Elizabeth ese rasgo de la tecnología había venido como caído del cielo y sacaba del estuche la incomprensible bola arrugada, la untaba con la cola y la introducía dentro de la cabeza. Habiéndose asegurado que la bola está ajustada, Elizabeth ponía los ojos azul cielo de cristal, encolaba por los bordes de los detalles de la porcelana y los unía fuertemente habiendo apretado uno contra otro. Luego, sin perder tiempo, pegaba la peluca del cabello recogido de la difunta Camila. Al atardecer la muñeca estaba preparada. Elizabeth la había vestido con el más hermoso de los vestidos, adornado sus bucles rizados con un lazo pomposo, y le había calzado los mejores zapatos, pequeños, con la suela de cuero. La llevaba poco después al dormitorio de su hija. Allí la mujer se detuvo. Había plantado la muñeca en la cuna de Camila y, sin flaquear en sus fuerzas, la miraba con intensidad. Los minutos parecían iguales, su correr se convertía en inexistencia y Elizabeth estaba en medio del dormitorio, parecida a una enorme muñeca. La voz del marido la sacó del entumecimiento. Jean Paul que no quería quemar en vano su vela, intentaba prender la de ella, tenía prisa en alejar de su mente la pesadilla. Habiendo quitado la vista de la muñeca milagrosa, Elizabeth salía de la habitación. Antes de cerrar la puerta, se volvía para mirar una vez más su creación. La muñeca estaba entre las almohadas y miraba directamente a los ojos de la mujer, y sus pomulos rollizos y rosados se conformaban en una sonrisa.

—Mañana te reirás, cantaras, hablaras... —Había musitado Elizabeth bajando apresuradamente por la escalera estrecha que protestaba lastimera.

Elizabeth no podía dormir, era imposible. Estaba con los ojos abiertos, examinando el corazón plateado del corte en la persiana, a través del cual era visible el disco de la luna. Después el corazoncito se apagaba. El terciopelo azul se había convertido en gris y seguido nacian los colores. La noche había pasado, Elizabeth agrandaba sus oídos y con intensidad trataba de captar cada susurro de la casa que dormitaba, pero solo distinguía la respiración de Jean Paul con el chasquido mesurado de las horas en la sala.

Había llegado la mañana. Elizabeth estaba sin aliento, pero su corazón golpeaba con fuerza y la alarma aumentaba en su cuerpo. La mujer esperaba. Esperaba a que abriera la puerta en vano. Se había despertado Jean Paul. Estaba alarmado por la palidez de su mujer y se había interesado por saber si estaba sana. Habiendo musitado algo inarticulado, Elizabeth comenzó a vestirse. Los cordones reventaban en sus manos y los ganchos no coincidían con los nudos. Sin haber vencido al viejo vestido de casa, se echaba encima de la camisa de noche el chal y apresuradamente se desplazaba a la habitación que pertenecía a Camila. Jean Paul con alarma la seguía con la mirada.

Un grito lento rompió la tranquilidad de la mañana. Jean Paul echó a correr a toda prisa hacia arriba. Elizabeth extendida sobre el suelo sufría una crisis nerviosa.

—¡Camila! ¡Camila! ¿Dónde estás, vuelve?

—Tranquilízate querida. Todo se ha acabado, hace mucho que se ha acabado. Acéptalo y resígnate. ¿Por qué seguir en el pasado? Déjala ir.

—¡Me ha engañado! ¡Me ha engañado! Lo he hecho todo, como me había ordenado. ¿He deshonrado el cuerpo de nuestra pequeña para nada?

—¡Elizabeth ¿De qué hablas?!

La mujer llorosa miró a los ojos de Jean Paul:

—La invitada de negro prometió resucitar a Camila, pero era necesario cumplir para eso un rito. ¡Jean Paul, tú te enfadabas conmigo porque corte y use los cabellos de Camila... Pero no solamente use los cabellos! La mujer de negro me ordeno sacarle el cerebro de su cabeza escindida y lo he hecho.

Habiéndose apartado de la mujer, Jean Paul se persignaba. Él no podía hablar. Elizabeth, al soltar el lastre estaba ya más tranquila, y continuaba el relato:

—Después siguiendo todas sus instrucciones al pie de la letra, he secado el cerebro, como me indico, mientras este se secaba hice la Muñeca. Notaste justamente que es parecida a Camila, es porque la Muñeca la representa. Cuando todo estaba preparado yo introduje en la cabeza de la Muñeca el cerebro de nuestra pequeña y sus cabellos de oro se convertían en los cabellos de la Muñeca. He hecho todo lo que me ha ordenado la mujer de negro. Después me ha tocado esperar. Cada instante para el nuevo día se ha convertido para mí en una eternidad. Todo en mi era oírla, siempre oírla, siempre oírla… Esperaba siempre, a que empezase a sonar el llanto de Camila, oír sus pasitos frágiles… Jean Paul, la invitada de negro dijo "Camila no siempre será una muñeca, revivirá". ¡Mi hija volvería! He hecho todo, como me lo pidió… - Elizabeth de nuevo comenzó a sollozar.

—¿Y dónde está la Muñeca?

—¡No lo sé, Jean Paul, no lo sé! ¡Estaba aquí! La dejé en la cuna de Camila. El milagro debía pasar hoy, cuando el primer rayo del sol tocará la torre del ayuntamiento. Intentaba escuchar, forcé los oídos… Después al no oír nada me he levantado y he venido hacia aquí. La habitación se encuentra vacía. La muñeca ha desaparecido. ¡Han robado a mi Camila!

Jean Paul supo dominarse. Él trataba de hablar tranquilo:

—¿Escucha, Elizabeth, cuando llego aquella mujer?

—¿Cómo? ¿No la recuerdas? Apareció con aspecto de monja. Aquella que debía leer la Biblia para Camila. ¿No hablaste con ella, la tía Margot la vio, alguna de las vecinas…? ¿Recuerdas que en cuanto entro se quejó de lo mal que lo estaba pasando a la intemperie desde donde venía hasta el domicilio?

—Elizabeth, la pena ha enturbiado tu razón. Aquella tarde nadie de los servidores de Dios entró en nuestra casa. Ahí debió empezar nuestra desgracia… Debía venir el cura de la iglesia del santo Francisco, pero la desgracia lo apartó del camino. Él tropezó, y se rompió el pie. Lo encontraron por la mañana bastante maltrecho. Elizabeth, cerca del ataúd estabas solamente tú. Echaste a todos fuera y no había nadie. Pregunta a quien quieras si no me crees. A la misma Margot…

Él calló. Callaba Elizabeth.

—Te creo, Jean Paul, —había comenzado a hablar —. ¿Significa, que la mujer de negro era una visión delirante?

—Sí. La pena había enturbiado tu razón.

—¿Significa, que no había nadie que me prometió resucitar a mi hija?

—Eras solo tú.

—¿Significa, que hice todo en vano? ¿Camila se quedará para siempre como una muñeca? ¿No resucitará? —Las lágrimas se desprendían continuamente por sus mejillas pálidas —. ¿Es el fin? El fin…

Jean Paul asentía con la cabeza callando.



 

Elizabeth no había podido recobrarse de la terrible pena que enturbió su vida. La fe en la resurrección milagrosa de su hija era el sustento de su existencia y, habiendo perdido ese soporte, Elizabeth se extinguía despacio, contemplando con indiferencia la muerte que se acercaba. Murió medio año después de la pérdida de la hija.

La historia sobre la infeliz madre que se había sometido a la tentación diabólica y que arruinó su alma, no se había quedado en el misterio de la familia Jean Paul. Cubierta de detalles fantásticos, se convirtió en algo más grandioso y acabo pareciéndose más a una triste leyenda que recordaron durante mucho tiempo en una pequeña ciudad, que se encontraba perdida, en el centro de Europa.

La leyenda había hallado su continuación con un rumor repetido sobre una Muñeca maldita, que nunca se detenía largo tiempo entre unas manos, vagabundeando por la vida y robando las almas de las pequeñas muchachas que la habían querido. Hablaban que la invitada de negro no había engañado del todo a Elizabeth, una vez cuando concluyera el plazo impuesto y 666 vidas infantiles se vertieran en el interior de la Muñeca, la envoltura de porcelana explotaría y Camila volvería al mundo. Es terrible pensar que mal traerá, a la tierra, esta niña del infierno…

© 2017 Editado por Rubén García.

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